El primer Nangulví

_DSC0200

Desde el principio este viaje se asemejaba en gran medida a un sueño: la atmósfera estaba cargada de un sopor creado por el intenso sol de mediodía pero a la distancia, hacia el sur oriente se podían ver cúmulos de nubes cargadas de toneladas de agua evaporada y condensada, a la vez que por fracciones de segundo los rayos iluminaban el cielo. Todo esto mientras el tiempo de espera para partir desde Otavalo se consumía al igual que la sopa de gallina que estaba siendo devorada por los  dos quintis.

Luego de atravesar la zona rural el camino constaba de dos partes bien demarcadas: la primera la recuerdo porque pocas veces había estado en medio de tanta neblina y la segunda porque para llegar al valle un sinnúmero de curvas cerradas aparecían al frente, como si fuera una serpiente gigante, que sigue el curso del río.

_DSC0140

Al llegar al pie de la carretera se siente ese aire cálido que mima tanto; y de fondo una conversación entre insectos, aves y el río Cristopamba da la bienvenida a los viajeros a Nangulví, un sitio lleno de historia, poder y magia, sobre todo por la biodiversidad que existe en ese sector, además de las inmensas montañas forradas de plantas preciosas y árboles frutales  que enmarcan el paisaje del valle, la fuerza del río, la lluvia constante que alegra los corazones, y la cantidad de ojos de aguas termales que simplemente transportan a otra dimensión.

_DSC0119

Un par de horas hasta armar el campamento, preparar algo de comer y sobre todo jugar con los perros del lugar, ponerles nombres, en fin cosas cotidianas en estas aventuras. Era hora de explorar el lugar y con nuestros dos guías locales bautizados como pantufla y cometa el ascenso de aquella loma dio inicio y duró a lo mucho cuarenta minutos. El terreno estaba resbaladizo por las lluvias, pero pantufla, que en ese punto estaba ya ganándose un espacio especial en nuestros corazones subía y bajaba una y otra vez, como alentándonos hasta llegar al pie de unos inmensos árboles de aguacates y desde donde el día empezaba a despedirse.

Y para completar el panorama de ensueño una lluvia intensa se hizo presente, así como una neblina que junto a la luz amarilla de los faroles lejanos dejaba todo en siluetas interrumpidas por ritmo de las incontables gotas, las mismas que caían sobre el rostro de los quintis que plácidamente flotaban y se sancochaban en las aguas termales de Nangulví.

_DSC0208

ig-logo-emailfacebook-icon-preview-400x400

Anuncios

“Cielos encendidos; día uno”

_DSC0104

 

El cielo estaba semi abierto y a ratos el sol se dejaba ver por segundos, pero en el balde de la camioneta que nos transportaba desde Latacunga el viento llegaba hasta los huesos, produciendo ligeros temblores en el cuerpo; hora y media después un tinto bien cargado y sin azúcar calentaba cada célula del cuerpo mientras  el camino de descenso hacia la laguna nos esperaba alumbrado por un sol que empezaba a despedirse.

Menos de treinta minutos después y desde el mirador pudimos ver como el agua se movía al ritmo de la gélida brisa andina mientras un pequeño acompañante de cuatro patas se nos unía a la caminata interesado sobre todo en lo que pudiéramos tener para comer y en esas caricias que pronto se convertían en juegos y carreras. Así, entre risas e historias inventadas, llegamos al borde mismo de la laguna y allí, armamos el campamento, preparamos un tardío almuerzo y la búsqueda de leña para calentar un poco la noche dio inicio.

El taita inti estaba cada vez más cerca del borde del cráter así que los preparativos para retratar el atardecer debían empezar ya. El trípode estaba firme en su lugar, el encuadre me gustaba mucho, la exposición indicaba estar correcta así que ahora solo tocaba esperar a que la magia empiece: de un segundo a otro el cielo que hasta ese momento era azul pintado en partes de nubes casi amarillas se encendió y ahora el horizonte se llenaba de colores;  naranja, rojo, rozado,  violeta reflejándose en las laderas del cráter, en sus pajonales y de manera espectacular en las aguas que se movían plácida e hipnóticamente.

_DSC0100

_DSC0076

 

Una hora de colores, fotos y visiones nos regaló la pacha aquel día, y no fue una sola vez. La noche resultó ser la más cómoda en mucho tiempo al menos para uno de los quintis, ya que esta vez, el frío no se hizo tan presente, de manera tal que a las cinco y veinte y el cuerpo y la mente estaban listos para despedir a la noche y saludar al sol. Tras dejar a uno de los quintis descansando en el campamento la primera parte de la sesión de fotos, correspondiente al amanecer dio inicio, siendo parte una vez más de un espectáculo de la naturaleza que no se puede describir, que se debe vivir.

_DSC0071

 

_DSC0097

La hora azul había terminado cuando decidimos emprender la caminata por las lomas del cráter sobre todo del lado contrario de donde se ubicaban la mayoría de campamentos;  y  puedo asegurar que la curiosidad  y la montaña nos recompensó con mucho sol, viento y miradores nuevos repletos de hierba, sigses, roca volcánica y risas de las más profundas.

_DSC0095

_DSC0069

Sesión nocturna – Amanecer helado

_DSC0163

La quebrada por donde corría ese largo cordón de agua se aproximaba cada vez más, lo que indicaba un ligero pero siempre considerable desvío hacia la derecha. Para corregirlo debí subir hasta ese sendero bien marcado que descubrí en la tarde y recorrerlo por un par de minutos para encontrar el claro de almohadillas en donde esperaba el campamento con todos los implementos para aislar el frío en la medida de lo posible y dar inicio a una imperdible sesión nocturna ya que el cielo, al igual que durante todo el día, estaba despejado casi por completo.

_DSC0132

El viento se escuchaba dentro de la carpa como un arrullo que invitaba a cerrar los ojos y envolverse en todo lo que estuviera al alcance de las manos para guardar calor, pero las diez mil chompas estaban ya en su lugar y era hora de empezar a medir luz y agarrar foco. Cosa que era fácil de decir pero que en realidad costó varios minutos, especialmente hasta que el cuerpo se acostumbre a respirar aire frío.

La luz naranja de la gran ciudad apagaba casi un tercio de las estrellas, pero dejaba las suficientes para contemplar un espectáculo de luces que de vez en cuando se cansaban de estar quietas y salían a dar una vuelta por el infinito. Respirar costaba un poco, aunque nada que no se pueda soportar.

Luego de una serie de prácticas con la luz y sobre todo con el enfoque el me propuse retratar sobre todo a la cumbre del taita coronado de estrellas y el campamento que ayudo a soportar los al menos cero grados de temperatura durante la noche sobre todo a partir de las dos y treinta, hora límite para conciliar el sueño. Luego de tres horas y media la carpa se abrió y entonces comprobé como la helada se había apoderado de la atmósfera, incluido el refugio.

Lo primero que vi al salir fue un horizonte inmenso en el que el taita Antisana era saludado por el sol con su tan característico color naranja cálido, muy cálido. Y al frente un espectáculo se presentaba: otro taita, el Pichincha y su lomo de roca junto a los valles en donde descansa se asomaron sin niebla, sin nubes, casi como posando para la sesión fotográfica en un amanecer helado.

_DSC0150

Mojanda sin sleeping

Eran cerca de las nueve cuando empezó el viaje; todo ruta norte. Menos de dos horas después la carretera había quedado atrás y ahora el camino de tierra siempre ascendente habría paso a un panorama en donde el horizonte se pintaba de verde y naranja, con esa gracia tan particular que tiene la vegetación del páramo.

En mi mente estaba claro el trayecto de ida debía realizarse en el menor tiempo posible para evitar el frío de la noche, puesto que el plan era regresar ese mismo día, debido a la infinidad de cambios que se realizaron a pocos minutos de empezar el viaje por lo que la prioridad era encontrar una camioneta cuyo dueño estuviera dispuesto a llevarnos gratis, cosa que sucedió de manera casi inmediata luego de unos cuarenta minutos de empezado el trek.

La tarde era fría pero acogedora y como siempre el pajonal tan cálido y cómodo, ideal para tomar una siesta. La Caricocha, imponente se movía lenta pero perpetuamente al ritmo del viento que daba vueltas recorriendo cada rincón del cráter del volcán Mojanda. Mientras tanto, entre el pequeño muelle y el bosque de Polylepis la carpa ya estaba armada y dentro, plácida pero inesperadamente dormidos los dos quintis, sin equipo para acampar, ni sleeping, ni aislante, y para variar sin medias secas.

La noche fue extremadamente fría, sobre todo desde las tres de la madrugada, hora en que la energía cambia, y la atmósfera pareciera congelarse; si no hubiera sido por el abrazo de los colibrís, el final de la historia sería diferente. Al aclarar el día de a poco las ganas de saludar al sol cada vez eran mayores, pero la paciencia debía dominar la situación ya que el aire frío era aún difícil de soportar, cosa que comprobamos un par de veces hasta que, en un impulso momentáneo la carpa se abrió por un momento para empezar colar un tinto bien cargado.

Luego del mejor café del mundo el sol se asomaba por encima de los bordes del cráter, calentando de inmediato el aire,  situación ideal para secar la ropa y calentar los pies, cosa que al inicio no fue del todo fácil puesto que ese frío especial se debía a una capa de hielo que cubría la carpa, el suelo, las botas. Al cabo de un rato la tierra estaba tibia, seca e ideal para recostarse y disfrutar de esos días playa andina con cielos azules.

_DSC1214

ig-logo-email facebook-icon-preview-400x400

Cascada Mágica

Primer vuelo…

Tumbaco fue el punto de encuentro, y tras unos veinte minutos de espera todo el grupo nos encontrábamos acomodados como podíamos en aquel autobús que nos llevaba a las puertas del mágico, biodiverso y misterioso Oriente ecuatoriano. Papallacta y sus aguas termales habían quedado atrás así que ahora asientos sobraban, por lo que el resto del camino hasta Baeza colonial apenas se sintió; ahora el destino era el Chaco.

Una hora y más después todos caminábamos hacia una cascada que según nos contó la familia que nos acogió aquellos días, era mágica. El trayecto constaba de tres etapas y era fácilmente recorrido en unos cuarenta minutos. La primera etapa es perfecta para las risas y la tertulia por lo marcado y amplio del sendero; a partir de la segunda etapa la caminata se vuelve de a uno debido a que la vegetación empezaba a cerrarse. Y para finalizar el trayecto se debe cruzar parte de la gran caída de agua, pisando sobre las rocas para  mantener los pies secos el mayor tiempo posible.

De repente un rugido se adueñó de la atmósfera y el viento, cargado del más fino rocío nos dio la bienvenida a uno de los paisajes más de ensueño que he visto: un valle de roca con pequeñas matas de hierba, enmarcado de flores amarillas y muchos helechos y que era bañado de forma perpetua por el manto de agua que producían cincuenta metros de caída de agua en vertical y que bañaba de pies a cabeza a quien quisiera saludar más de cerca, cosa que recomiendo sobre todo en la madrugada para apreciar el porque esta cascada es mágica.

 

Y puedo decir que sentí en lo profundo de mi ser la energía de la cascada en especial cuando resonaban sus conversaciones con las rocas del fondo.

Vuelos del Quinti

_DSC0108

Cascada Mágica del río Malo al amanecer

ig-logo-email  facebook-icon-preview-400x400